13 de enero de 2017

Gil

Gil Parrondo y Rico-Villademoros
(Luarca, 17 VI 1921 - Madrid, 24 XII 2016)
Odio escribir necrológicas, sobre todo, porque el fallecido habitualmente es alguien a quien he apreciado mucho y, aunque parezca un contrasentido, por eso mismo me veo obligado a hacerla. En este caso además sería inconcebible que un blog sobre las relaciones entre cine arquitectura y ciudad olvidase el fallecimiento de Gil Parrondo, al que ya mencioné aquí y aquí.
Es curioso que el 23 de diciembre, almorzando con unas amigas, hablamos de Gil, de su vitalidad y de su increíble trabajo, y una de ellas dijo que quería felicitarle por Navidades y no encontraba su número de teléfono, yo lo tenía y se lo di -aunque luego resultó que ya no era el suyo-, ella lo encontró, pero no pudo hablar con Gil, porque falleció el día de Nochebuena.
Tengo otro recuerdo reciente de él aunque tangencial, hace unos años, gracias a Cinetekton! tuve la oportunidad de conocer a otro gran escenógrafo cinematográfico, a Eugenio Caballero, al que le prometí que, cuando coincidiéramos en Madrid, telefonearía a Gil para vernos los tres y, si él podía, tomarnos un gin-tonic de Larios. Ahora evidentemente ya es imposible que pueda cumplir mi promesa.
No voy a glosar la figura de Gil, porque ya lo han hecho otros mejor que yo y afortunadamente todos lo recordaremos por su impresionante trabajo, sólo voy a rememorar algunos momentos en que coincidimos: un almuerzo en Almería como colofón de un homenaje magnífico, que en gran parte se debió a Ignacio Fernández Mañas -que escribió el primer libro sobre Gil-, en el que contó algunas cosas que no sabíamos; unos gin-tonics, naturalmente de Larios, en el bar del Hotel Conde Duque cerca de su casa, mientras lo entrevistaba; tener en mis manos la libreta que llevaba siempre en su cartera, donde con una letrita minúscula, había apuntado todas las películas que había hecho; verlo feliz sentado en una mesa al lado de su mujer, Mariano Rajoy y Aitana Sánchez Gijón, cuando le concedieron la Medalla de Oro de la Academia -por cierto, el único escenógrafo que la ha recibido en solitario, sin contar una de las 46 dadas en 1996- y la sorpresa de encontrarme a Álvaro Delgado en ese homenaje; sostener una de sus estatuillas del Oscar; el asombro cuando contó sus experiencias tinerfeñas; tener la oportunidad de ver parte de su increíble archivo, que todos esperamos que se conserve; y por último, su generosidad, su amabilidad y su disposición para ayudar a un joven investigador que venía de muy lejos y lo entrevistó por primera vez hace ya cerca de veinte años.
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